Estuve cinco veces en Venezia: el 26 de dic. de 1996, un día de dic. 2003 y tres en enero de 2004. Cada uno fue un increible viaje a los siglos del Renacimiento Italiano y a la más alada magia que uno pueda imaginarse. Este es mi testimonio de una de las ciudades más bellas y atrapantes que he conocido...

18.9.04

Novelistas

El campanario rojo y la blanca fachada de San Giorgio Maggiore se reflejan en el agua pálida y transparente y me parece de repente que la góndola no avanza más. Se diría que la laguna se ha vuelto de repente sólida y compacta, como si acabara de helarse súbitamente.
Henri de Régnier, Bocetos Venecianos



Comparo esta góndola con una cuna que duerme dulcemente
Y la caja posada en ella tiene todo el aspecto de un ataúd espacioso.
Así está bien. Entre una cuna y un ataúd flotante y fluctuante,
Pasamos por el gran canal, despreocupados, a través de esta vida.

El aire de Venecia, la vida que allí se lleva, es especialmente apropiado para arropar al alma con esperanzas: el tranquilo balanceo de las barcas conduce a la fantasía y a la pereza.
Madame de Staél, Corinne o Italia


Cuando el sol se pone, en un cielo sin nubes, mas suave en su ardor transparente que el topacio puro, ilumina la laguna; Venecia, con cabellos de oro, viste su vestido púrpura. El sol cuelga en todas las fachadas las colgaduras rosas y los tapices rojos de la alegría. El feliz incendio se abraza de ventana en ventana, salta de cristal en cristal.
André Suarés, Viaje del condotiero


¡No, no me iré todavía! Amo esta Venecia fría de noviembre en su vidriería toda lechosa de bruma o toda chisporroteante de escarcha. La lluvia misma no me expulsaría. ¡Poco me importa que el cielo refleje el espejo claro o turbio de la laguna! E, incluso cuando todas las hojas del jardín se hubieran volado, ¿no sabéis que se convierten en velos de ocre, de púrpura o azafrán que se prolongan sobre las aguas como el recuerdo del otoño?
Henri de Régnier, Bocetos Venecianos



Venecia: Lo que sí está escrito
Javier Reverte

Se ha contado tanto –y tan bien- sobre esta ciudad, que supone un desafío pretender decir algo nuevo. Tal vez la mejor manera de recorrerla sea, simplemente, seguir el eco de Thomas Mann, Nietzsche, Goethe. iQue cuenten ellos!


Tanto se ha dicho sobre Venecia -escribía Johann Wolfgang Goethe- que no me extenderé mucho en mi descripción; sólo contaré cómo me impresionó». George Sand añadía: «Amigo, no tiene usted ni idea de lo que Venecia es». Herman Hesse contaba: «Todos los poetas y escritores han descrito, en innumerables libros, este extraordinario mundo acuático». Y Henry James concluía: «Nada puede decirse sobre ella, incluido esto que ahora anoto, que no se haya dicho antes».

De modo que uno no sabe muy bien qué hacer al enfrentarse con el más grande reto con que puede acometer un escritor, que no es otro que escribir de Venecia. En el fondo, estoy convencido de que habría que poner un cartel en las puertas de la ciudad que dijese «Prohibida la entrada a escritores», o por lo menos uno que señalase: «Prohibido escribir sobre Venecia». Pero las puertas se abren en el recuerdo, inevitablemente, de unos días de noviembre pasados allí, días de comienzos del invierno y niebla parda y gris sobre los hombros de la ciudad, de humedad mohosa y un extraño olor a ceniza vieja, de calles solitarias y vacías de turistas, de mar levemente rizado y teñido de verde sucio, de canales recorridos por un viento de aromas pútridos y góndolas oscuras, siempre negras como ataúdes, gobernadas por barqueros sombríos que parecían los hijos de Caronte. El poeta ruso Joseph Brodsky juraba que no iría jamás en verano a la ciudad «ni con la amenaza de una pistola». Y añadía: «Me ponen los pelos de punta las manadas en pantalón corto, especialmente las de aquellos que relinchan en alemán». Que Brodsky me perdone, pero los dos hombres que mejor han escrito de Venecia, en mi opinión, son dos alemanes. Uno, un filósofo-poeta, Friedrich Nietzsche, tan sólo con una hermosa frase llena de poder evocador. Otro, un novelista, Thomas Mann, con esa turbadora y honda novela que es Muerte en Venecia, llevada al cine años más tarde por la mano magistral de Luchino Visconti, con Dirk Bogarde travestido de escritor en la figura de Gustavo von Aschenbach, el protagonista del libro de Mann.

¿Una ciudad agonizante?
Le hice caso, no obstante, al poeta ruso y viajé en noviembre. Y arribé a la ciudad en barco, viniendo desde Trieste, como hiciera Aschenbach. «Comprendió que llegar por tierra a Venecia, bajando en la estación -escribía Mann- era como entrar a un palacio por la escalera de servicio. Había que llegar, pues, en barco a la más inverosímil de las ciudades

La ciudad palpitaba bajo la bruma, como un anciano enfermo de asma que caminase con lentitud y resignación hacia la muerte. ¿Por qué Venecia nos produce siempre la impresión de que va a morir de un momento a otro, tragada por el mar y el aire? En el pretil del puente de los Suspiros no había en esos días parejas de enamorados, quizá porque el amor se duerme en el otoño mientras aguarda la resurrección febril de las primaveras. En la plaza de San Marcos caía ocasionalmente una lluvia fina y las empapadas losas de la ancha explanada refulgían como un manto de plata marrana y vieja. Apenas había unas pocas personas cerca de mí, refugiados todos en el café, mirando hacia San Marcos desde el otro lado de la cristalera. Las palomas habían huido en busca de refugio en las cornisas de los palacios y los vendedores de cuadros se protegían al abrigo de los soportales, sus figuras humilladas y envueltas en impermeables mojados.

Leones de piedra.
Un paseante de cuerpo encorvado, con aire perdido, cruzaba bajo la protección de su paraguas la plaza desierta. Era el fantasma del judío Shylock? Vi a un cuervo trazar su vuelo, un espadazo azabache en el cielo abrumado, volando hacia San Giorgio en la hora próxima del atardecer, como un heraldo sórdido de la muerte. Los leones de la fachada de San Marcos rendían su ferocidad a la tristeza del ocaso cercano. ¿Cuántos leones de piedra hay en Venecia? ¿Cien, doscientos? ¿Alguien los ha contado? Las campanas dieron las seis, con eco de ronquidos, como si el metal se quejara en su esfuerzo por abrirse un camino dignamente sonoro entre la neblina. Y el espectro de Nietzsche me sonrió desde la bruma del canal: «He vuelto a oír las campanas de San Marcos», recitaba evocador en mi oído. Otras campanas repetían la hora en todos los rincones de la ciudad. «En invierno -decía Brodsky- se levanta uno entre el ruido festivo de las innumerables campanas, como si detrás de las cortinas de tul de la habitación vibrara toda la porcelana de un gigantesco servicio de té sobre una bandeja de plata en el cielo gris perla

Una canción desafinada.
En la ancha sala del café, repleta de mesas que esperaban la llegada en manada de pantalones cortos de la primavera siguiente, apenas estábamos media docena de clientes, arrimados todos a la cristalera que daba a la plaza. Entró un hombre cubierto con un impermeable mojado y un sombrero oscuro. Alzó los faldones de la prenda y en sus manos asomó una mandolina. Dirigió a todos una fea sonrisa, que dejaba al aire una boca casi desnuda de dientes, y comenzó a cantar un tema napolitano acompañándose de su instrumento. Cantar es mucho decir. Maullido desafinado de gato en celo parecía su canto y la mandolina sonaba como arañazos de pantera sobre una superficie de acero. El camarero le miraba moviendo la cabeza hacia los lados y con los labios fruncidos. Al fin, el cantor concluyó su tema, se quitó el sombrero, dejando al aire un cráneo apenas cubierto por una pequeña pelambrera de color rojizo desvaído, y fue pasándolo de mesa en mesa, con su sonrisa agria clavada en tres dientes amarillos.

¿Dónde estaban los días luminosos que asombraban a Dickens? «El esplendor del día que se abrió ante mí: su frescura, su movimiento, su brío, el resplandor del sol en el agua, el cielo terso y azul, el murmullo del aire». Al novelista inglés le pareció una suerte de alucinación su estancia en la ciudad: «Muchas veces he pensado, desde que me fui, en este extraño sueño marítimo, con la curiosidad de saber si se encontrará todavía allí y si su nombre es Venecia». En ese instante, en el café de San Marcos, ante la gorra que me tendía el sórdido tipo de la mandolina, sentí que Venecia podía ser también una pequeña e incómoda pesadilla.

No obstante, incluso decrépita, esta ciudad, la más literaria de todas las ciudades, no ha cesado de despertar la admiración de cuantos artistas han pasado por ella. «La he amado desde niño -decía lord Byron, que residió en Venecia con su amigo Shelley en uno de sus periodos de decadencia-. Así la encontré y nunca me separaré de ella, siéndome tal vez más querida en sus días de infortunio que cuando era puro esplendor, una maravilla, una visión

Salí a la plaza mientras el cielo iba entrando ya en las estancias de la noche. Las luces de farolas parecían volar entre una niebla amarilla junto al canal, frente a la isla de San Giorgio. Y me acordé de Aschenbach de nuevo, de su persecución en pos del bello Tadzio. «Pues sólo la belleza, Fedón -escribió Mann en su novela, inventándose un diálogo platónico-, sólo ella es amable y adorable al mismo tiempo. Ella es la única forma de lo espiritual que recibimos con nuestro cuerpo y que nuestros sentidos pueden soportar. ¿Pues qué sería de nosotros si se nos apareciese lo divino en otra de sus manifestaciones, si la razón la virtud y la verdad se nos presentaran en forma sensible? ¿No arderíamos y nos disolveríamos en amor?»

Hogar de Hemingway.
No era Platón quien hablaba en boca de Mann. Era un poeta praguense: Rainer Maria Rilke, el imponente autor de las Elegías del Duino. «¿Quién, si yo clamara, entre las cohortes de los ángeles me oiría? Y si alguno de ellos me apretase contra su corazón, ¿no me desvanecería ante su existencia demasiado fuerte? Pues lo bello no es más que ese grado de lo terrible que aún podemos soportar. Y si lo amamos tanto es porque, indiferente, desdeña destruirnos. Todo ángel es terrible.» ¿Estuvo Rilke en Venecia?

Y ese ángel terrible no era otro que Tadzio. Y la guarida del ángel destructor no podía ser otra que la hermosa Venecia. Y la víctima era el artista, la sombra patética del escritor Aschenbach recorriendo las calles, enfermo, tras la bella silueta del jovencito Tadzio, marchando fatalmente hacia el ángel que, indiferente, habría de destruirle y disolverle en la muerte.

Como Mann, vinieron muchos atraídos por la belleza destructiva de Venecia. Hemingway, por ejemplo, que escribió en la ciudad Al otro lado del río y entre los árboles, la historia de un hombre en el declive de su vida con la nostalgia del amor juvenil. De alguna forma, Hemingway trataba el mismo tema que Mann, aunque sin la hondura del escritor germano. El novelista americano dejó listo el borrador de su libro en 1948, trabajando en un pequeño hotel llamado Locanda Cipriani, durante las horas que le dejaban libres sus borracheras en Harry's Bar. Una vez, años más tarde, escribió: «Soy un hombre que tiene cinco hogares: Oak Park (donde nací), París, Key West, La Habana... y Venecia».

La «luz pulverizada de la tarde», como describió Proust los atardeceres venecianos, seguía diluyéndose en la proximidad de los muelles y las últimas góndolas se arrimaban a los muelles. Un vaporetto cruzaba hacia Rialto, dejando a su paso, sobre el mar oscuro, un reguero de luz. El estertor último de aquel brumoso día de noviembre me había dejado ver, instantes antes, ese «gris de agua y cielos aneblados» que dibujaba Alejo Carpentier en su Carnaval Barroco. Tomé un vapor hacia el Lido, la residencia veneciana del infeliz Aschenbach. Y viajé hacia la isla rodeado por el aire que Mann describiera en un viaje de su protagonista, pero en sentido contrario: del Lido a Venecia: «El cielo estaba gris; el viento, húmedo. Puerto e isla se habían quedado atrás; todo signo de tierra se desvaneció rápidamente del horizonte brumoso. Copos de carbonilla empapados de humedad caían sobre la cubierta lavada. Al cabo de una hora, se desplegó una lona, porque comenzaba a llover». Y llovía mansamente ahora sobre la ciudad que se esfumaba a mis espaldas. Recordé aquello que dijo Hazlitt: «La única cosa que podría superar a Venecia sería una ciudad construida en el aire».

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