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- Nombre: Mario Vidal
- Ubicación: La Plata, pcia. de Buenos Aires, Argentina
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Estuve cinco veces en Venezia: el 26 de dic. de 1996, un día de dic. 2003 y tres en enero de 2004. Cada uno fue un increible viaje a los siglos del Renacimiento Italiano y a la más alada magia que uno pueda imaginarse. Este es mi testimonio de una de las ciudades más bellas y atrapantes que he conocido...
18.9.04
26-12-1996
1996 - Dic.26 jueves
A VENECIA en tren. EL SERVICIO DE TRENES en Europa es magnífico. Hay muchos tipos de trenes y casi no hay buses. Nosotros viajábamos en segunda. Esa segunda es superior a la primera de acá. Limpitos, asientos de pana, salen y llegan a la hora justa, bien atendidos, con un confort bárbaro. Me preguntaba qué hicimos los argentinos con nuestros ferrocarriles, antes y ahora. Los trenes cubren toda Europa. Es la manera de viajar allá. Los guardas de tren son Señores, y calificados. Son empleados del Estado. Atienden al pasaje con mucha amabilidad y particularidad y no te hacen sentir un anónimo pasajero. Cuidan al que viaja y cuidan el medio de transporte. Viajamos miles de kilómetros en tren y registro muchas anécdotas que en Argentina serían impensables. Visten elegante traje y portan una carterita al hombro que es mucho mejor que la que yo llevo. Si vas al baño, no entendés nada. Hay agua fría y agua caliente, varios rollos de higiénico que nadie roba, servilletas, espejos que nadie rompe, bolsitas para residuos que no faltan, entrada para afeitadora eléctrica que funciona, luz (dije luz), y limpieza que nadie ensucia. Así en cualquier tren de cualquier país, vayas donde vayas. En Italia sacamos el “biglietto kilométrico” que nos permitió hacer 3.000 kmts. por US 130. No hay asientos rotos porque la gente no los rompe y la juventud iracunda tampoco. No están garrapateados con graffitis. A nadie se le ocurre escribir “Peron o muerte” o “Giovanni a fatto qui l’amore a Angiulina”. Los cuidan. El Estado los cuida y el pueblo los cuida. Un argentino eso no lo puede entender. La gente deja las valijas en la entrada del vagón y luego se mete adentro. El tren viaja 7 o 20 horas y para en estaciones y hay personas que suben y bajan. A nadie se le ocurre llevarse una valija que no es la suya. (!!!) No se puede entender. Lo he visto. Vi a un tipo al lado mío, del otro lado del pasillo, abrir su attachette y desparramar sus cosas: papeles, cheques, una computadora de bolsillo, llaves, etc. Se puso a trabajar. A las 12, 30 se levantó y se fue al vagón-comedor, que estaba 3 carrozas más atrás. Dejó todo como estaba, su attachette abierto y todo desparramado. Yo pensé que estaba loco. Me dije: -con mentalidad argentina- a éste le van a afanar hasta las ganas de almorzar. El tipo volvió a los 45 minutos, como si nada, y continuó trabajando. Nadie le tocó nada. Más: en la cabeza del tipo estaba eso de que nadie tenía porqué tocarle nada. No se puede entender. O mejor dicho: lo de mi país no se puede entender. Me pregunté miles de veces, en los trenes, en las estaciones, en los pueblos, en las calles, en el trato de la gente, en el tránsito de vehículos, por dónde diablos pasa la diferencia con mi patria. No es algo peregrino: en Europa viven mejor, y acá vivimos para el culo. No tengo la respuesta. No lo sé. Al principio caí en la ingenuidad de pensar que era por lo económico, después me di cuenta que no pasa por ahí. No tengo respuesta para eso.
Algo anecdótico (o no tanto): en todas las ciudades y pueblos observé que la gente estila poner macetas con flores en veredas y balcones. A la noche no las entran, quedan ahí. A la mañana siguiente siguen estando ahí. Si yo dejo en la puerta de mi casa una maceta... me la afanan o la encuentro al día siguiente estampillada en el pavimento, me equivoco?. Mi cuñado, u otro, va a la estacion de il treno de Treviso, deja el auto estacionado por ahí, y se va tranquilo 3 o 4 días a otra ciudad. Se va tranquilo. No se lo van a robar. ¿Cómo puede ser eso?.
Recorrimos VENECIA a pie desde la terminal del tren hasta la Piazza di San Marco, o sea casi toda. Entramos a la iglesia de SANTA LUCIA y SAN JEREMIAS. Ahí vimos el cuerpo expuesto de la Santa de Siracusa (304). Le pasamos “la ñata contra el vidrio”. Es una de las innumerables iglesias de Venezia y es una obra de arte, como todas y cada una de las iglesias de toda Europa.
Hacía un frío de esos que no se aguantan. Mi hermana caminaba haciendo punta, incansable como siempre. La seguían Giorgio, Ruth, Susana, y yo cerrando la fila. Caminábamos y caminábamos por las milenarias y húmedas callejuelas de Venecia. Yo me sentía emocionado, todo lo que el frío me permitía. Estar caminando por Venecia era algo salido de un sueño.
No son calles como las nuestras, son totalmente distintas. Van haciendo eses, pavimento de piedra, cada 100 metros se elevan y dejan pasar por debajo un canal, de repente se abren y hay una plazoleta estrecha. A los costados y cada 3 o 4 casas un caminito angosto húmedo y encajonado, que conduce vaya a saber uno dónde... todo envuelto para regalo, en esa atmósfera mágica palaciega y ancestral que penetra Venecia. Un puentecito, un paredón y una recova. Hay que cruzarlo, caminar por debajo de esa vieja y angosta recova, y volver a tomar otra callejuela, y así se sigue, pata y pata.
Al fin mi hermana aflojó y entramos a un boliche a tomar un café humeante y moderno. Pocas veces un simple café me vino tan bien. Luego seguimos, con bufandas, gorros, guantes, abrigos y todo lo que llevábamos. Por ahí pasamos por otra iglesia: la de SAN TEODORO. Ahí me aparté de la fila y entré. Había misa y el sacerdote recitaba el 20-4 de Mateo, el que más me gusta. Me esperaron y continuamos.
Subimos al PONTE RIALTO. Hacía un frío impresionante. Nos sacamos fotos en el puente mas antiguo y famoso de Venecia. Abajo el Canal Grande, los palacios, y las góndolas, las románticas y encantadoras góndolas.
Luego de esa larga recorrida llegamos a la PLAZA DE SAN MARCOS, la de las palomas. OH! LA PIAZZA SAN MARCOS ... OH! IL DUOMO.
Entramos a la CATEDRAL DE VENEZIA por una puerta lateral, caminando por andariveles porque estaba parcialmente inundada. Fue entrar y pegar un grito ahogado. Nadie podría creer lo grandioso y lo majestuoso de esa Gran Basílica. Yo nunca había estado en un lugar así. No me alcanzaban los ojos para admirar todo lo que me golpeaba la vista. Es del siglo IX. Uno no se anima a pisar los mosaicos bizantinos, traídos de Oriente en la Cuarta Cruzada, luego de la caída de Constantinopla (1204). Nada me entraba en la cabeza.
El revestimiento marmóreo de la parte inferior del muro interior es alucinante. Son losas del mejor mármol griego talladas verticalmente, con vetas de colores y geometrías naturales plagadas de significados. Les pasaba la mano y me sentía un sacrílego. La gente que ha pasado por ahí...
Hay 8 losas de mármol griego en el piso de la nave central, bajo la Cúpula de la Ascensión. Te da pena pisarlas. Todo el pavimento está hecho con pequeñas teselas de mármol caminadas por trillones de peregrinos de todo el mundo desde hace siglos y siglos.
Mirar los techos y las cúpulas, obliga a bajar la vista. Ninguna ciudad tuvo jamás una Biblia tan gloriosa. Son miles de millones de teselas de oro de 1 cm. cuadrado que van formando dibujos y relatando historias bíblicas. Son techos “luminosos”, en cualquier sentido de la palabra.
San Marcos estaba lleno de peregrinos venidos de todo el planeta, muchísimos menos de los que llegan en verano. Paso a paso escuchaba todos los idiomas del mundo.
Esa maravilla me impactó. Creo que estuve una media hora sin abrir la boca, mudo y abierto mirando el colosal espectáculo.
Vimos el retablo de oro del altar mayor, detrás del transepto, bajo el cual descansa el cuerpo del apostol. Y la Capilla de San Isidoro. Y los 4 caballos alados de la fachada, la “Cuadriga Clásica”, botín de la toma de Constantinopla. Y mil maravillas más.
OH! Los techos de San Marcos OH! Las 5 Cúpulas. OH !
Salimos de ese túnel del tiempo y bajamos a La Plaza. Ahí le dimos de comer a las palomas, las legendarias palomas de San Marcos.
Visitamos el PALACIO DUCALE, contiguo al Duomo, ese que se ve en todas las postales de Venecia. Otro espectáculo. Tampoco caben palabras para describir cómo era y es. El Palacio donde habitaban los Señores. Es a todo culo. Era la primera vez que yo entraba a un Palacio. Un PALACIO con mayúsculas, de esos que por América no hay, de esos que solo allá existen. Y era el Palacio Ducale, uno de los tantos que hay en Venecia.
Mi hermana me retó por haberme puesto con la entrada para los 5. Al final tampoco era tanto: US 40. Después me lo agradeció. Ella, que conoce Europa como la mejor y que sabe muchísimo de arte, quedó fuera de combate. El Ducale son Palabras Mayores. Son estancias y estancias, incontables, repletas de obras de arte en pintura y escultura. Los techos interiores están ricamente decorados y pintados, como uno no se hubiera imaginado nunca. Son las estancias de los Reyes del Renacimiento veneciano El lujo estético y monumental en el que han vivido tiene que haber sido deslumbrante. Lo he visto.
Ahí me enfrenté por vez primera con una pala del TIZZIANO VECCHELIO: el San Cristóbal... OH! -Estaba en el rellano de una escalera encajonada que no lleva a ninguna parte. Me senté a verla. Qué Maestro! -Más adelante en los museos e iglesias, vi muchas más. Me gusta Tizziano.
Vimos obras de Carpaccio, Gentile Bellini, el Veronés, Bassano, Tiépolo, en el marco del más hermoso estilo gótico florido habitual en Venecia. Salimos de ahí aturdidos. Queríamos ver el cielo.
Paseamos por la ribera del CANAL GRANDE, nos sacamos las infaltables fotos con las góndolas, cruzamos el Puente de los Suspiros, seguimos disparando fotos. Eran decenas de paisajes cada 50 metros. Veníamos de recorrer a pie las tan agradables callecitas de Venecia, de estar en El Duomo, de pisar la Piazza San Marco, de visitar el Palacio Ducale... yo estaba cansado como una mula. Pero había que seguir porque teníamos solo ese día. Ya era pasado el mediodía y el frío había bajado un poco, un poquito nomás.
Tomamos una lancha y cruzamos a la Isla de MURANO, de donde es el archifamoso “cristal de Murano”. El viaje fue una delicia. Íbamos navegando por las calles de agua de la Venecia- de-los-siglos. El agua del oleaje le pegaba a las ancianas casas laterales. Era todo un sueño.
En Murano visitamos las fábricas de cristal, con una demostración de vidrio soplado. Murano es tan antigua como Venecia. Caminabamos por una doble calle muy antigua con un canal en el medio, lleno de barquitos. A cada 20 metros un local de venta de cosas de cristal. Eran cientos y cientos. Vendían maravillas, caras para un argentino y regaladas para los de Japón y EE.UU. Ahí compré un par de cositas para mis hijas. Era el día en que Celina cumplía sus 19 años. Mi hermana seguía adelante guiando la marcha. Ella conoce todos esos lugares. Giorgio también. No es un lugar fastuoso ni de lujo; nada que ver. Son calles de piedra bordeadas de casas muy antiguas, algo así como lo más viejo de nuestro Barracas o San Telmo.
Almorzamos en una plaza chiquita, de esas que se caen de siglos, sentados en el suelo y haciendo mesa en la ventana de una casa. No había nadie. Ruth me sacó una foto en el suelo: “el pordiosero”. Nos acompañaban los gatos y las palomas de Murano, buscando su pedazo de pan de invierno.
Regresamos a Venecia y tomamos “il vaporetto”, que va por el CANAL GRANDE y permite apreciar los fastuosos palacios que lo bordean y que son innumerables. Eran las 5 de la tarde y ya había caído el día. Ese canal es indescriptible: está bordeado por los mejores palacios de Venecia, uno al lado del otro, y son cientos y cientos, a uno y otro lado. Debe haber sido muy grande la magnificencia de esa ciudad en la época de su esplendor. Pasamos bajo el Ponte Rialto y llegamos a la terminal de il treno. Regreso a Treviso.
A VENECIA en tren. EL SERVICIO DE TRENES en Europa es magnífico. Hay muchos tipos de trenes y casi no hay buses. Nosotros viajábamos en segunda. Esa segunda es superior a la primera de acá. Limpitos, asientos de pana, salen y llegan a la hora justa, bien atendidos, con un confort bárbaro. Me preguntaba qué hicimos los argentinos con nuestros ferrocarriles, antes y ahora. Los trenes cubren toda Europa. Es la manera de viajar allá. Los guardas de tren son Señores, y calificados. Son empleados del Estado. Atienden al pasaje con mucha amabilidad y particularidad y no te hacen sentir un anónimo pasajero. Cuidan al que viaja y cuidan el medio de transporte. Viajamos miles de kilómetros en tren y registro muchas anécdotas que en Argentina serían impensables. Visten elegante traje y portan una carterita al hombro que es mucho mejor que la que yo llevo. Si vas al baño, no entendés nada. Hay agua fría y agua caliente, varios rollos de higiénico que nadie roba, servilletas, espejos que nadie rompe, bolsitas para residuos que no faltan, entrada para afeitadora eléctrica que funciona, luz (dije luz), y limpieza que nadie ensucia. Así en cualquier tren de cualquier país, vayas donde vayas. En Italia sacamos el “biglietto kilométrico” que nos permitió hacer 3.000 kmts. por US 130. No hay asientos rotos porque la gente no los rompe y la juventud iracunda tampoco. No están garrapateados con graffitis. A nadie se le ocurre escribir “Peron o muerte” o “Giovanni a fatto qui l’amore a Angiulina”. Los cuidan. El Estado los cuida y el pueblo los cuida. Un argentino eso no lo puede entender. La gente deja las valijas en la entrada del vagón y luego se mete adentro. El tren viaja 7 o 20 horas y para en estaciones y hay personas que suben y bajan. A nadie se le ocurre llevarse una valija que no es la suya. (!!!) No se puede entender. Lo he visto. Vi a un tipo al lado mío, del otro lado del pasillo, abrir su attachette y desparramar sus cosas: papeles, cheques, una computadora de bolsillo, llaves, etc. Se puso a trabajar. A las 12, 30 se levantó y se fue al vagón-comedor, que estaba 3 carrozas más atrás. Dejó todo como estaba, su attachette abierto y todo desparramado. Yo pensé que estaba loco. Me dije: -con mentalidad argentina- a éste le van a afanar hasta las ganas de almorzar. El tipo volvió a los 45 minutos, como si nada, y continuó trabajando. Nadie le tocó nada. Más: en la cabeza del tipo estaba eso de que nadie tenía porqué tocarle nada. No se puede entender. O mejor dicho: lo de mi país no se puede entender. Me pregunté miles de veces, en los trenes, en las estaciones, en los pueblos, en las calles, en el trato de la gente, en el tránsito de vehículos, por dónde diablos pasa la diferencia con mi patria. No es algo peregrino: en Europa viven mejor, y acá vivimos para el culo. No tengo la respuesta. No lo sé. Al principio caí en la ingenuidad de pensar que era por lo económico, después me di cuenta que no pasa por ahí. No tengo respuesta para eso.
Algo anecdótico (o no tanto): en todas las ciudades y pueblos observé que la gente estila poner macetas con flores en veredas y balcones. A la noche no las entran, quedan ahí. A la mañana siguiente siguen estando ahí. Si yo dejo en la puerta de mi casa una maceta... me la afanan o la encuentro al día siguiente estampillada en el pavimento, me equivoco?. Mi cuñado, u otro, va a la estacion de il treno de Treviso, deja el auto estacionado por ahí, y se va tranquilo 3 o 4 días a otra ciudad. Se va tranquilo. No se lo van a robar. ¿Cómo puede ser eso?.
Recorrimos VENECIA a pie desde la terminal del tren hasta la Piazza di San Marco, o sea casi toda. Entramos a la iglesia de SANTA LUCIA y SAN JEREMIAS. Ahí vimos el cuerpo expuesto de la Santa de Siracusa (304). Le pasamos “la ñata contra el vidrio”. Es una de las innumerables iglesias de Venezia y es una obra de arte, como todas y cada una de las iglesias de toda Europa.
Hacía un frío de esos que no se aguantan. Mi hermana caminaba haciendo punta, incansable como siempre. La seguían Giorgio, Ruth, Susana, y yo cerrando la fila. Caminábamos y caminábamos por las milenarias y húmedas callejuelas de Venecia. Yo me sentía emocionado, todo lo que el frío me permitía. Estar caminando por Venecia era algo salido de un sueño.
No son calles como las nuestras, son totalmente distintas. Van haciendo eses, pavimento de piedra, cada 100 metros se elevan y dejan pasar por debajo un canal, de repente se abren y hay una plazoleta estrecha. A los costados y cada 3 o 4 casas un caminito angosto húmedo y encajonado, que conduce vaya a saber uno dónde... todo envuelto para regalo, en esa atmósfera mágica palaciega y ancestral que penetra Venecia. Un puentecito, un paredón y una recova. Hay que cruzarlo, caminar por debajo de esa vieja y angosta recova, y volver a tomar otra callejuela, y así se sigue, pata y pata.
Al fin mi hermana aflojó y entramos a un boliche a tomar un café humeante y moderno. Pocas veces un simple café me vino tan bien. Luego seguimos, con bufandas, gorros, guantes, abrigos y todo lo que llevábamos. Por ahí pasamos por otra iglesia: la de SAN TEODORO. Ahí me aparté de la fila y entré. Había misa y el sacerdote recitaba el 20-4 de Mateo, el que más me gusta. Me esperaron y continuamos.
Subimos al PONTE RIALTO. Hacía un frío impresionante. Nos sacamos fotos en el puente mas antiguo y famoso de Venecia. Abajo el Canal Grande, los palacios, y las góndolas, las románticas y encantadoras góndolas.
Luego de esa larga recorrida llegamos a la PLAZA DE SAN MARCOS, la de las palomas. OH! LA PIAZZA SAN MARCOS ... OH! IL DUOMO.
Entramos a la CATEDRAL DE VENEZIA por una puerta lateral, caminando por andariveles porque estaba parcialmente inundada. Fue entrar y pegar un grito ahogado. Nadie podría creer lo grandioso y lo majestuoso de esa Gran Basílica. Yo nunca había estado en un lugar así. No me alcanzaban los ojos para admirar todo lo que me golpeaba la vista. Es del siglo IX. Uno no se anima a pisar los mosaicos bizantinos, traídos de Oriente en la Cuarta Cruzada, luego de la caída de Constantinopla (1204). Nada me entraba en la cabeza.
El revestimiento marmóreo de la parte inferior del muro interior es alucinante. Son losas del mejor mármol griego talladas verticalmente, con vetas de colores y geometrías naturales plagadas de significados. Les pasaba la mano y me sentía un sacrílego. La gente que ha pasado por ahí...
Hay 8 losas de mármol griego en el piso de la nave central, bajo la Cúpula de la Ascensión. Te da pena pisarlas. Todo el pavimento está hecho con pequeñas teselas de mármol caminadas por trillones de peregrinos de todo el mundo desde hace siglos y siglos.
Mirar los techos y las cúpulas, obliga a bajar la vista. Ninguna ciudad tuvo jamás una Biblia tan gloriosa. Son miles de millones de teselas de oro de 1 cm. cuadrado que van formando dibujos y relatando historias bíblicas. Son techos “luminosos”, en cualquier sentido de la palabra.
San Marcos estaba lleno de peregrinos venidos de todo el planeta, muchísimos menos de los que llegan en verano. Paso a paso escuchaba todos los idiomas del mundo.
Esa maravilla me impactó. Creo que estuve una media hora sin abrir la boca, mudo y abierto mirando el colosal espectáculo.
Vimos el retablo de oro del altar mayor, detrás del transepto, bajo el cual descansa el cuerpo del apostol. Y la Capilla de San Isidoro. Y los 4 caballos alados de la fachada, la “Cuadriga Clásica”, botín de la toma de Constantinopla. Y mil maravillas más.
OH! Los techos de San Marcos OH! Las 5 Cúpulas. OH !
Salimos de ese túnel del tiempo y bajamos a La Plaza. Ahí le dimos de comer a las palomas, las legendarias palomas de San Marcos.
Visitamos el PALACIO DUCALE, contiguo al Duomo, ese que se ve en todas las postales de Venecia. Otro espectáculo. Tampoco caben palabras para describir cómo era y es. El Palacio donde habitaban los Señores. Es a todo culo. Era la primera vez que yo entraba a un Palacio. Un PALACIO con mayúsculas, de esos que por América no hay, de esos que solo allá existen. Y era el Palacio Ducale, uno de los tantos que hay en Venecia.
Mi hermana me retó por haberme puesto con la entrada para los 5. Al final tampoco era tanto: US 40. Después me lo agradeció. Ella, que conoce Europa como la mejor y que sabe muchísimo de arte, quedó fuera de combate. El Ducale son Palabras Mayores. Son estancias y estancias, incontables, repletas de obras de arte en pintura y escultura. Los techos interiores están ricamente decorados y pintados, como uno no se hubiera imaginado nunca. Son las estancias de los Reyes del Renacimiento veneciano El lujo estético y monumental en el que han vivido tiene que haber sido deslumbrante. Lo he visto.
Ahí me enfrenté por vez primera con una pala del TIZZIANO VECCHELIO: el San Cristóbal... OH! -Estaba en el rellano de una escalera encajonada que no lleva a ninguna parte. Me senté a verla. Qué Maestro! -Más adelante en los museos e iglesias, vi muchas más. Me gusta Tizziano.
Vimos obras de Carpaccio, Gentile Bellini, el Veronés, Bassano, Tiépolo, en el marco del más hermoso estilo gótico florido habitual en Venecia. Salimos de ahí aturdidos. Queríamos ver el cielo.
Paseamos por la ribera del CANAL GRANDE, nos sacamos las infaltables fotos con las góndolas, cruzamos el Puente de los Suspiros, seguimos disparando fotos. Eran decenas de paisajes cada 50 metros. Veníamos de recorrer a pie las tan agradables callecitas de Venecia, de estar en El Duomo, de pisar la Piazza San Marco, de visitar el Palacio Ducale... yo estaba cansado como una mula. Pero había que seguir porque teníamos solo ese día. Ya era pasado el mediodía y el frío había bajado un poco, un poquito nomás.
Tomamos una lancha y cruzamos a la Isla de MURANO, de donde es el archifamoso “cristal de Murano”. El viaje fue una delicia. Íbamos navegando por las calles de agua de la Venecia- de-los-siglos. El agua del oleaje le pegaba a las ancianas casas laterales. Era todo un sueño.
En Murano visitamos las fábricas de cristal, con una demostración de vidrio soplado. Murano es tan antigua como Venecia. Caminabamos por una doble calle muy antigua con un canal en el medio, lleno de barquitos. A cada 20 metros un local de venta de cosas de cristal. Eran cientos y cientos. Vendían maravillas, caras para un argentino y regaladas para los de Japón y EE.UU. Ahí compré un par de cositas para mis hijas. Era el día en que Celina cumplía sus 19 años. Mi hermana seguía adelante guiando la marcha. Ella conoce todos esos lugares. Giorgio también. No es un lugar fastuoso ni de lujo; nada que ver. Son calles de piedra bordeadas de casas muy antiguas, algo así como lo más viejo de nuestro Barracas o San Telmo.
Almorzamos en una plaza chiquita, de esas que se caen de siglos, sentados en el suelo y haciendo mesa en la ventana de una casa. No había nadie. Ruth me sacó una foto en el suelo: “el pordiosero”. Nos acompañaban los gatos y las palomas de Murano, buscando su pedazo de pan de invierno.
Regresamos a Venecia y tomamos “il vaporetto”, que va por el CANAL GRANDE y permite apreciar los fastuosos palacios que lo bordean y que son innumerables. Eran las 5 de la tarde y ya había caído el día. Ese canal es indescriptible: está bordeado por los mejores palacios de Venecia, uno al lado del otro, y son cientos y cientos, a uno y otro lado. Debe haber sido muy grande la magnificencia de esa ciudad en la época de su esplendor. Pasamos bajo el Ponte Rialto y llegamos a la terminal de il treno. Regreso a Treviso.
